
“…Hasta pronto, te deseo suerte. Aquí en nuestra gran unión te estaré esperando. Llámame y acudiré al instante, te quiero…”
Fueron sus últimas palabras, las que ahora se encontraban retumbando, rebotando hundidas en el fondo del vaso ancho cargado con una doble medida de Jack Daniels y en su recuerdo.
Observo el reflejo de su imagen en ese fondo finito, y melánico, como cuando alguien le confía un sentimiento triste a alguna persona amiga, le dijo, se dijo “…me siento pobre cuando no esta ella cerca...”
Sonrió despechado de si mismo y desvaneció al espejo liquido de un sólo sorbo, tratando así, de dar muerte al único testigo de ese pesar. A él, a un otro él, al que en algunas ocasiones lo escucha por no tener a quién decírselo.
Luego escribió en una servilleta “...Matar al tiempo, pero antes torturarlo...” Llamó al mesero, pagó su cuenta y se retiró mirando al cielo.


